Matrimonio homosexual con todas las de la ley

El amor es la única libertad que hay en el mundo, porque eleva tanto al espíritu, que lo independiza de las leyes de la humanidad y de los
fenómenos de la naturaleza.
Kahlil Gibran
Retomando el epígrafe que reza sobre la libertad y el amor, y para ponernos un poco en cuestión sobre el tema del matrimonio entre personas de un mismo sexo, parecería apenas lógico que alguien, sin importar si es hombre o mujer, pueda unirse, con quien le de la gana, hombre o mujer, y que el Estado le otorgue estatus jurídico. Y aunque esa independencia de los enamorados, por encima de lo humano y lo divino de la que habla Gibran, es noble y destila un azúcar adormecedor, se queda corta cuando se trata de enfrentar la realidad.
Hoy las parejas homosexuales no piden solo respeto por su condición, si no que exigen que se les formalicen sus uniones ante la ley, que exista un contrato jurídico que represente su convivencia y relación, de la misma manera como es posible con las uniones entre heterosexuales.
Esta ruta de reivindicación es y ha sido agreste y larga, por un lado, están los prejuicios mañosos e hipócritas de la sociedad, que casi legitima la violencia, la intolerancia y la discriminación contra estas minorías; y por el otro, el marcado “dictamen” de los “entendidos” que han considerado desde siempre, o casi siempre, la homosexualidad como una enfermedad.
Justamente, y a propósito del “Pacto de Solidaridad”, firmado en noviembre de 2006 en México, que otorga privilegios a la uniones entre homosexuales, una mujer decía en un foro de Internet: “Es triste ver cómo las autoridades quieren dar una imagen de modernidad, cuando no han entendido que se afecta a las familias, no por que tenga algo contra las personas así, pero es algo que tenemos que entender que no es natural, esto no se da ni en los animales y en lugar de ayudar a estas personas, les dan la razón y vamos viendo cómo el pecado se va convirtiendo en algo cotidiano, algo que ya no nos asusta, es parte de nosotros. No nos dejemos llevar por esas corrientes en donde creemos que estamos modernizándonos, estamos cayendo más bajo cada día, que más nos falta por ver. Sodoma y Gomorra”.
Como este ejemplo hay por miríadas. Este tipo de pensamiento retrógrado está tan ligado a nosotros que parecería misión imposible arrancarlo de nuestra cabeza, si no es con toda esta. La visión del homosexualismo como enfermedad tiene muchas y notables influencias, pero quizá una de las más importantes es la del psicoanálisis, cuyos códigos, especialmente los referentes al tema, son reafirmaciones del código judeo-cristiano.
En los principios de esta teoría, lo socialmente inaceptado o lo ilegal, adquiría un carácter neurótico o “pervertido” en términos de Freud, así, el homosexualismo al no ser aceptado social ni legalmente era patológico.
Una persona sana sería, según esta corriente, la que pasa por todas las etapas de su desarrollo, y su culmen es la paternidad y, claro, la heterosexualidad. En este orden, quienes eligen la homosexualidad tienen signos de un desarrollo deficiente de su personalidad, se han detenido en una etapa de su desarrollo (fijación), teme la castración, sufre de narcisismo o se identifica exageradamente con un miembro de su propio sexo (generalmente el padre o la madre). En fin, en el esquema psicoanalítico, la homosexualidad es siempre el resultado de algún tipo de fracaso.
La Biblia, hizo su parte: en el Levítico, sanciona a muerte la homosexualidad: “El que pecare con varón como si éste fuera una hembra, los dos hicieron cosa nefanda; mueran sin remisión: caiga su sangre sobre ellos” (20, 13).
Con este pequeño, y al final, sangriento, panorama, que no ha cambiado mucho con el tiempo y las atrocidades que hemos tenido que vivir en cuanto a discriminación (judíos, nazis, apartheid, xenofobia y muchos etcéteras), el deseo de recibir del Estado el nombrado estatus jurídico del matrimonio es un enredado sueño que hace ver lejos, para la comunidad homosexual, la conformación de una familia homoparental “con todas las de la ley”.
Sin embargo, países como Bélgica, Sudáfrica, España, Holanda y Canadá, además del estado de Massachusetts en los Estados Unidos, lo han logrado, no sin muchas protestas y arengas por parte quienes se creen con el derecho a opinar sobre la intimidad de las personas (entre ellos la Iglesia). En otros países, aunque no es legal el matrimonio entre personas de un mismo sexo, existen otras figuras similares, como las uniones civiles (Alemania, Andorra, Australia. Austria, Dinamarca, Finlandia, Francia, Islandia, Luxemburgo, Noruega, Reino Unido, República Checa, Suecia y Suiza.
Recientemente en Colombia, la Corte Constitucional reconoció las uniones libres del mismo sexo y garantizó sus derechos patrimoniales (a lo que un prelado dijo: “es una especie de matrimonio camuflado que no se puede aceptar, porque va a afectar directamente a la familia).
Por democracia, por justicia, por igualdad, por eliminar prejuicios, por lo que sea, yo doy mi voto por la imperante necesidad de hacer que el matrimonio homosexual (y quizá mis prejuicios me hacen que aclare que no soy gay), sea una realidad, con todos los privilegios de las uniones heterosexuales.
Una realidad que se de pronto, y que sea consecuencia de un simple proceso de sentido común, y no resulte tardío como la abolición de la esclavitud, el reconocimiento del voto a las mujeres, la declaración que afirmó que los aborígenes precolombinos sí eran seres humanos y cuantas rezagadas correcciones ha tenido que hacer el hombre a sus propias imbecilidades históricas.

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