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Cuando los niños se subían a los árboles

“¡Qué raros son los niños hoy! No patean latas, ven las piedras iguales, no se bañan en ríos, no descubren al caballo que habita los palos de escoba y elevarse por los aires no parece ser su prioridad.”

Niños en árbol

De niño, una montaña, un río, un balón o un amigo eran el significado de la vida. Cada mañana era un día para estrenar, para mirar los resultados del experimento de los bichos en el frasco y darle manivela al invento que giraba con la única función de que girara. El desayuno, grande o no, era siempre perfecto y rápido, había que exprimir el tiempo y sacarle hasta la última gota de aventuras. El agua de la ducha era gruesa, pesada, helada y poderosa y cada rayo de sol que entraba por los ventanales era un compinche para correr con él hacia la calle.

Las mamás barrían las casas, las vacas producían la leche, los pesebres eran mundos y las frutas venían colgadas de los árboles. Las canciones salían de radios grandes y tenían letra, y mientras alistábamos los lazos, las navajas, los frascos y los planos nos palpitaba el corazón y nos pintaba de rojo los cachetes. Y zarpábamos en nuestra barca hechiza, con las rodillas peladas y los pantalones cortos a descubrir Américas y a pillar maleantes.

Hoy, la búsqueda del siempre huidizo control remoto puede ser la aventura más legendaria que los niños afronten en el día. Con humor de ogro se despiertan, se buscan y quizá se encuentran en el escarpado territorio de su pelo, sus piercing y sus cables, se abastecen directamente de la caja de hojuelas, eructan, se rascan y se quejan. Solo si hay agua caliente pasan por el baño y luego, aún en toalla, ponen en funcionamiento uno a uno los aparatos indispensables para su subsistencia en esta tierra, ipod, Xbox, teléfono móvil y computador. Revisan con desesperación de posesos su correo electrónico y constatan quién está en el Messenger. Actualizan su Facebook, destrozan el idioma para comunicarse por el chat y toman algún refresco necesario.

Algunos, los más responsables estudiantes, copian y pegan la tarea en Word y se la envían al profesor mientras esperan que cargue el video de Youtube del adolescente suicida o de la necropsia. Dependiendo del grupo, cultura, subcultura o lo que sea, se peinan, despeinan, cortan, lloran, fuman, dicen, ocultan, gritan… y luego se reúnen para hablar de lo que hasta hace unos minutos discutían en la red.
Ya no desean tener perros si no son de batería, siempre se quieren ir pero no saben el destino, no argumentan, balbucean, todo los destroza y nada los contenta, no ofrecen nada pero lo quieren todo.

Y, por supuesto, olvidaron, o mejor, nunca supieron, la relación fantástica, derivada de la propia vida, que existe entre ellos y los árboles. Algunos saben que son seres vivos y que podrían ser verdes, y que hay gente que los tumba para hacer tablas de skate. Pero lo esencial es que fueron inventados para que los niños suban a ellos a soñar, por eso vienen con formas de castillos, casas, aviones, fuertes, sillas, cocinitas, caballos, automóviles y mil posibilidades al parecer invisibles para los chicos del presente.

Desde un árbol mi hermano y yo jugamos a ser una pandilla justiciera con antifaz de llanero solitario y un palo de escoba como espada, construimos una casa desde donde se veía el pueblo, era un lugar protector y secreto, quizá a la vista de todos pero, definitivamente, un espacio maravilloso, aún vívido, que evoco con nostalgia cada vez que mi hija, absorta, se pierde en un universo cuadrado que tiene clave y perfil.

literadura22-11-2008 GTM 7 @ 23:26 Tags:
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Matrimonio homosexual con todas las de la ley

Pareja Hombres

El amor es la única libertad que hay en el mundo, porque eleva tanto al espíritu, que lo independiza de las leyes de la humanidad y de los
fenómenos de la naturaleza.
Kahlil Gibran

Retomando el epígrafe que reza sobre la libertad y el amor, y para ponernos un poco en cuestión sobre el tema del matrimonio entre personas de un mismo sexo, parecería apenas lógico que alguien, sin importar si es hombre o mujer, pueda unirse, con quien le de la gana, hombre o mujer, y que el Estado le otorgue estatus jurídico. Y aunque esa independencia de los enamorados, por encima de lo humano y lo divino de la que habla Gibran, es noble y destila un azúcar adormecedor, se queda corta cuando se trata de enfrentar la realidad.

Hoy las parejas homosexuales no piden solo respeto por su condición, si no que exigen que se les formalicen sus uniones ante la ley, que exista un contrato jurídico que represente su convivencia y relación, de la misma manera como es posible con las uniones entre heterosexuales.

Esta ruta de reivindicación es y ha sido agreste y larga, por un lado, están los prejuicios mañosos e hipócritas de la sociedad, que casi legitima la violencia, la intolerancia y la discriminación contra estas minorías; y por el otro, el marcado “dictamen” de los “entendidos” que han considerado desde siempre, o casi siempre, la homosexualidad como una enfermedad.

Justamente, y a propósito del “Pacto de Solidaridad”, firmado en noviembre de 2006 en México, que otorga privilegios a la uniones entre homosexuales, una mujer decía en un foro de Internet: “Es triste ver cómo las autoridades quieren dar una imagen de modernidad, cuando no han entendido que se afecta a las familias, no por que tenga algo contra las personas así, pero es algo que tenemos que entender que no es natural, esto no se da ni en los animales y en lugar de ayudar a estas personas, les dan la razón y vamos viendo cómo el pecado se va convirtiendo en algo cotidiano, algo que ya no nos asusta, es parte de nosotros. No nos dejemos llevar por esas corrientes en donde creemos que estamos modernizándonos, estamos cayendo más bajo cada día, que más nos falta por ver. Sodoma y Gomorra”.

Como este ejemplo hay por miríadas. Este tipo de pensamiento retrógrado está tan ligado a nosotros que parecería misión imposible arrancarlo de nuestra cabeza, si no es con toda esta. La visión del homosexualismo como enfermedad tiene muchas y notables influencias, pero quizá una de las más importantes es la del psicoanálisis, cuyos códigos, especialmente los referentes al tema, son reafirmaciones del código judeo-cristiano.

En los principios de esta teoría, lo socialmente inaceptado o lo ilegal, adquiría un carácter neurótico o “pervertido” en términos de Freud, así, el homosexualismo al no ser aceptado social ni legalmente era patológico.

Una persona sana sería, según esta corriente, la que pasa por todas las etapas de su desarrollo, y su culmen es la paternidad y, claro, la heterosexualidad. En este orden, quienes eligen la homosexualidad tienen signos de un desarrollo deficiente de su personalidad, se han detenido en una etapa de su desarrollo (fijación), teme la castración, sufre de narcisismo o se identifica exageradamente con un miembro de su propio sexo (generalmente el padre o la madre). En fin, en el esquema psicoanalítico, la homosexualidad es siempre el resultado de algún tipo de fracaso.

La Biblia, hizo su parte: en el Levítico, sanciona a muerte la homosexualidad: “El que pecare con varón como si éste fuera una hembra, los dos hicieron cosa nefanda; mueran sin remisión: caiga su sangre sobre ellos” (20, 13).

Con este pequeño, y al final, sangriento, panorama, que no ha cambiado mucho con el tiempo y las atrocidades que hemos tenido que vivir en cuanto a discriminación (judíos, nazis, apartheid, xenofobia y muchos etcéteras), el deseo de recibir del Estado el nombrado estatus jurídico del matrimonio es un enredado sueño que hace ver lejos, para la comunidad homosexual, la conformación de una familia homoparental “con todas las de la ley”.

Sin embargo, países como Bélgica, Sudáfrica, España, Holanda y Canadá, además del estado de Massachusetts en los Estados Unidos, lo han logrado, no sin muchas protestas y arengas por parte quienes se creen con el derecho a opinar sobre la intimidad de las personas (entre ellos la Iglesia). En otros países, aunque no es legal el matrimonio entre personas de un mismo sexo, existen otras figuras similares, como las uniones civiles (Alemania, Andorra, Australia. Austria, Dinamarca, Finlandia, Francia, Islandia, Luxemburgo, Noruega, Reino Unido, República Checa, Suecia y Suiza.

Recientemente en Colombia, la Corte Constitucional reconoció las uniones libres del mismo sexo y garantizó sus derechos patrimoniales (a lo que un prelado dijo: “es una especie de matrimonio camuflado que no se puede aceptar, porque va a afectar directamente a la familia).

Por democracia, por justicia, por igualdad, por eliminar prejuicios, por lo que sea, yo doy mi voto por la imperante necesidad de hacer que el matrimonio homosexual (y quizá mis prejuicios me hacen que aclare que no soy gay), sea una realidad, con todos los privilegios de las uniones heterosexuales.

Una realidad que se de pronto, y que sea consecuencia de un simple proceso de sentido común, y no resulte tardío como la abolición de la esclavitud, el reconocimiento del voto a las mujeres, la declaración que afirmó que los aborígenes precolombinos sí eran seres humanos y cuantas rezagadas correcciones ha tenido que hacer el hombre a sus propias imbecilidades históricas.

literadura29-03-2007 GTM 7 @ 01:07 Tags:
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Maldición del feminismo recalcitrante o por qué sus activistas son feas

Dama


Con el riesgo enorme de morir aplastado por una ciclópea mano de nombre femenino y fuerza de luchador olímpico, me propongo desahogar, por fin, esta animadversión irreconciliable que me producen las feministas “extremas” que, con sus retóricas sociales y políticas se topa uno en cualquier evento.

Habría que aclarar, si hiciera falta, que no es un denuesto contra las mujeres, hermosas, necesarias, superiores; o contra la equidad, los temas de género o las tendencias sexuales; ni mucho menos contra los movimientos feministas que abogan por la reivindicación de los derechos y la inclusión de las mujeres; sino única y llanamente contra ese segmento, cada vez más abundante, de feministas recalcitrantes de las que basta ver un ejemplar para conocer el resto.

La vemos en conferencias sobre derechos humanos, globalización, género, conflicto armado y cuando suenan las notas de la viejísima Nueva Trova Cubana (donde a veces lloran). Parecen vestidas por el mismo sastre: chaqueta de paño y camisa de hombre, bluyín y botas cortas, bufanda y mochila arahuaca. Generalmente usan anteojos, tienen anchas espaldas o pequeños cuerpos, no se pintan las uñas ni se maquillan, usan el cabello muy corto y de lejos (aunque también de cerca), parecen hombres viejos y corvados.

Hablan duro y dicen muchas cosas. Las mismas de siempre. Portadoras de una sensibilidad única si se les toca el tema de los hombres y pueden llegar a ser agresivas en demasía. No se les puede hablar de cocina, platos, oficios domésticos, pareja, actual gobierno (en el periodo que sea), política social o maternidad, porque se derraman en una andanada de improperios que humedecidos por la saliva que suelen expulsar cuando hablan, producen en la pobre víctima un deseo inminente de salir corriendo.

Casi siempre son cultas y pertenecen a grupos sociales, ONG y movimientos políticos. Las más aventajadas defienden en los medios de comunicación y en los estrados los intereses de las mujeres pero maltratan (comprobado) a sus secretarias y empleadas.

Nunca se ven a gusto con un hombre, aunque las que tiene hijos los adoran (un punto para ellas, ¡bien!) y es porque –esto no les va a gustar- generalmente prefieren la compañía, en todo aspecto, de las de su propio sexo, y en la intimidad de su vida secreta dejan de lado demandas de igualdad, identidad y derechos por una caricia cálida de otra mujer (¿y quién no?). Los que sí saben dicen que el lesbianismo, para ellas, es una acción conciente de unir política y vida, y la prueba está en que muchas de ellas se “encuentran” con su deseo lésbico cuando entran a formar parte de los movimientos feministas.

En el trajín de la política, la sociedad y el trabajo desarrollan una forma de pensar que excluye, primero en el discurso y luego en todos los demás ámbitos, a los hombres. Lo malo es que no lo pueden aceptar. Lo malo y lo deshonesto, pues por un lado promulgan libertad, igualdad y muchos bla, bla, bla; y por el otro juegan en el lado oscuro y sueñan (me lo ha dicho alguna) con alguna actriz de la televisión.

literadura23-03-2007 GTM 7 @ 03:18 Tags:
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Un Síndrome de Estocolmo hecho en casa

Botero


…Me descuidé y regó ese almuerzo, me pegó, me arrastró sobre la comida y dijo que así había quedado más bueno el almuerzo… Yo a la mano de Dios entré, me pegó horriblemente, me dieron 15 días de incapacidad…La policía se lo llevó y le dijo que estaba detenido. Le preguntó: - "Usted por qué le pega a la señora. –Porque me hace dar rabia…”
(Sentí que se me desprendía el alma. Juanita Barreto Gama y Yolanda Puyana. INDEPAZ 1996)

Hoy, el término del psicólogo y criminalista Nils Bejerot Síndrome de Estocolmo no habla únicamente de ese estado psicológico en el que la víctima de secuestro se “encariña” con su agresor. También expresa ahora una forma doméstica de este mal, en donde los afectados (especialmente las mujeres) consienten el abuso y la violencia intrafamiliar hasta el extremo de justificarla e inclusive exaltarla.

En 1973, -y esto es solo para quienes no lo recuerdan- un grupo de asaltantes se tomó el Sveriges Kreditbanken, en la ciudad de Estocolmo (de allí el nombre, claro) en Suecia. Pues el simple robo del banco se complicó con la llegada de la policía y los delincuentes optaron por tomar como rehenes a tres mujeres y a un hombre. El asunto duró 6 días. Para sorpresa de todos, los secuestrados se opusieron a su rescate y luego de ser liberados defendieron a capa y espada a sus captores. Una de las jóvenes se enamoró de un maleante a pesar de que el trato de los asaltantes no fue el mejor. Ante la cantidad de historias de esta índole, y no solo en Suecia, por supuesto, el término se quedó con nosotros.
El síndrome, que, según Bejerot, se presenta especialmente en personas que han sufrido algún tipo de abuso como la violencia doméstica, los campos de concentración, el incesto, ser prisioneros de guerra y miembros de órdenes o cultos, entre otros, solo se puede llamarse así cuando la víctima se identifica inconscientemente con su agresor (Skurnik).

Actualmente se ha acuñado el término Síndrome de Estocolmo Doméstico y hace referencia al fenómeno de la violencia contra la pareja en donde ella, generalmente, sufre una especie de trastorno de adaptación que la obliga, sin ser consciente de esto, a defender a su agresor, justificándolo por las condiciones de vida, por la cruel sociedad y por cuanta posibilidad exista, llegando inclusive a culparse ella misma por la ofensa que recibe.

Según la Organización Mundial de la Salud, cada 18 segundos una mujer es maltratada en el mundo y una de cada cinco sufre maltrato en su propio hogar. Situación que por razones diversas (cultura, mitos, machismo, miedo, dependencia económica, etc.) muchas de ellas prefieren callar. Sin embargo, y aquí viene lo paradójico, mujeres sin temores, autónomas social y económicamente son incapaces de denunciar a sus abusadores y desean permanecer a su lado (ejemplos abundan de mujeres que se niegan a que sus compañeros sean juzgados por sus agresiones y muchas veces detienen procesos judiciales por miedo a perderlos).

Diversos son los modelos que intentan explicar este fenómeno, desde el de Dutton y Painter (1981) que propone que hechos como el desequilibrio del poder y la intermitencia del trato (a veces bueno, a veces malo, refuerzos y castigos) crean en la mujer un “lazo traumático” que la hace dócil; hasta los de Graham y Rawlings (1991), que, entre otras cosas, dice que es un síndrome que lleva a la mujer a un estado donde disocia el comportamiento de su agresor y niega los hechos violentos sobreestimando los buenos.

Según Andrés Montero Gómez, (Síndrome de adaptación paradójica a la violencia doméstica: una propuesta teórica, 2001) este síndrome podría presentar cuatro etapas. La desencadenante, donde la mujer “descubre” en su compañero a su agresor, vienen la pérdida de la seguridad, el estrés, la depresión. Reorientación. Aquí ella busca nuevos referentes de futuro (perdidos en la primera etapa), intenta reorganizar su pensamiento que está entre “me uní a él –el me agrede” y la autoculpa. En este momento, dice Montero, ella está indefensa y se resiste pasivamente. Afrontamiento. Asume el modelo mental de su compañero y pretende protegerse. Adaptación. Esta última etapa ve a la mujer intentando “echarle la culpa a los otros”. Es aquí donde aparece con letras grandes el famoso Síndrome de Estocolmo Doméstico.

Ante el siempre creciente problema del maltrato doméstico, surge la dificultad de enfrentar primero a las víctimas, para quienes nada pasa y de pasar “está bien”, pues si no son concientes de esta violencia el problema no existe.

literadura15-03-2007 GTM 7 @ 04:32
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El enamoramiento o esa psicosis temporal

Amantes sobre la hierba

“El enamoramiento son los dos minutos y medio más gloriosos de la vida”, dijo Richard Lewis, no sin razón. Esa etapa suele durar poco, afortunadamente, porque estaríamos a la merced de las babosadas que nos suelen ocurrir y que nos quitan el hambre, nos agitan el estómago y nos convierten en completos idiotas con espasmos en el pecho y en los costados. Sumado a esto, decimos cuanta sandez esté escrita y lo peor, cometemos, incluso, poesía.

En este proceso de pasar de la dama y el príncipe, a la bruja y el sapo, deberíamos estar enjaulados, por autoprotección y para evitar hacer el ridículo en la fila de algún cine. Qué pasaría si el enamoramiento perdurara; no es sano ni pensarlo: no trabajaríamos, nos valdría un pepino llegar tarde a cualquier lugar, excepto, claro está, a donde se encuentra nuestro cómplice en este despropósito sentimental.

Esta otra persona entonces es perfecta, no hay más bella, con mejores virtudes y mejor vestida, no camina, se suspende en el aire; no habla, canta una oda; no ríe, ilumina el entorno; no toca, genera descargas de energía; no huele, desprende sustancias volátiles sagradas… en últimas, llegamos a una cursilería de la que no somos concientes y si lo fuéramos, qué importa.

Es una psicosis temporal, una especie de estado alterado de conciencia, una etapa extática que nos confunde la percepción de las cosas y que termina muy tarde, cuando todo está consumado y la madre de ella o él nos dice hijo o hija y alguien tiene que recoger a los niños del jardín y tus amigos no me gustan y estás bebiendo demasiado “gordo” (que ahora sí significa exceso de grasa).

¿Y quién tuvo la culpa? Los científicos, que generalmente no sufren de esas cosas, las estudian, le echan la culpa al hipotálamo (ese bichito tiene menos del 1% del total del volumen del cerebro humano y pesa cerca de 4 gramos y miren todo los que ocasiona) que produce endorfinas y encefalinas, algo así como unas sustancias químicas similares en su composición y efectos a la morfina y al opio (¿cómo la ven?) y eso no es todo, el cerebro también produce una sustancia llamada feniletilamina (consulte su diccionario), algo similar a otras drogas estimulantes: las anfetaminas.

Con todo esto cómo no estar en las nubes en la dichosa etapa del enamoramiento. Pero desgraciadamente - o por fortuna – como con las drogas, el efecto de estas sustancias baja considerablemente rápido, es entonces cuando descubrimos a la persona con quien estábamos segados en colectivo y nos damos cuenta de la verruga en la nariz y la escoba en el parqueadero.

Entonces sabemos, tarde, que es verdad eso de que el amor comienza y termina en la boca: al principio, un beso; al final, un bostezo.

No. Pero este no es el fin. Se lo debo a mi esposa. El enamoramiento se marcha, buen viento y buena mar. Pero los que corren con suerte, y no son pocos, descubren otro horizonte, ahora sí cierto, tangible y afortunado, y lo mejor de lo mejor: un mundo en donde la palabra cursi no habita concientemente. Ella es ella, él es él. Nos gusta verla dormir aunque no parezca princesa y hablar dormida aunque no emane poesía, es algo, permítanme la redundancia, “realmente real”, con pies y cabeza, y aunque nos miremos fijamente, con ternura, es mucho más, es también, como diría el papá del principito, Antoine de Saint-Exupery: “mirar los dos en la misma dirección”.

literadura10-03-2007 GTM 7 @ 03:52
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García Márquez: 80 años de vida y cien años de soledad

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"La realidad es mejor escritor que nosotros. Nuestro destino, y tal vez nuestra gloria, es tratar de imitarla con humildad, y lo mejor que nos sea posible" (Gabriel García Márquez).strong>

El creador de Macondo cumplió 80 años. Cien años de Soledad, su obra cumbre, y considerada entre las veinte más importantes de la historia, cumple 40 años de ser publicada. En todo el mundo se realizan homenajes.

Quizá a todos los colombianos que hemos soñado con escribir, la imagen de Gabriel García Márquez nos persigue, nos alimenta y nos inspira. Desde la escuela recorrimos las páginas de sus obras, de sus pueblos fantásticos y de sus palabras perfectas. Pero no se trata solo de un icono para los que vemos en sus libros la forma perfecta de la escritura que quisiéramos cometer, para la gran mayoría de los colombianos GABO representa la literatura en su totalidad.

Con muchos y muy buenos escritores en este país, si se le pregunta a un niño o adolescente el nombre de un escritor colombiano que recuerde solo podrá responder “García Márquez”, algo que no deja de ser chocante para muchos sus contemporáneos. Hoy, dicen los críticos, los escritores noveles han logrado soltarse de ese monstruo de las mil cabezas y crear otros mundos y miradas sin el peso y los colores del realismo mágico.

Pero el Nóbel seguirá siendo el personaje más famoso de Colombia, infaltable en los libros de literatura, historia y periodismo. Por estos días en que se celebran sus 80 años, los homenajes no se hacen solo en su tierra natal, pues como patrimonio del mundo, las celebraciones se llevan a cabo en las principales ciudades del planeta.

Cuatro celebraciones se juntan en una sola: 80 años de vida, 25 del Nóbel, 60 años de la publicación de su primer cuento (“La tercera resignación”) y 40 de Cien años de soledad, su obra cumbre, catalogada como la mejor en español, después del Quijote, y en el puesto 20 entre las mejores de la historia de la literatura.

Ochenta años ya. Pero cómo él mismo dijo: “El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad."


- Fermina-le dijo-: he esperado esta ocasión durante más de medio siglo, para repetirle una vez más el juramento de mi fidelidad eterna y mi amor para siempre.
Fermina Daza se habría creído frente a un loco, si no hubiera tenido motivos para pensar que Florentino Ariza estaba en aquel instante inspirado por la gracia del Espíritu Santo. Su impulso inmediato fue maldecirlo por la profanación de la casa cuando aún estaba caliente en la tumba el cadáver de su esposo. Pero se lo impidió la dignidad de la rabia. “Lárgate –le dijo-. Y no te dejes ver nunca más en los años que te queden de vida.” Volvió a abrir por completo la puerta de la calle que había empezado a cerrar, y concluyó:
-Que espero sean muy pocos.

Fragmento de El Amor en los tiempos del Cólera

literadura07-03-2007 GTM 7 @ 00:12 Tags:
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De paseo por la Candelaria

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Cuando pienso en planes para hacer algo diferente, y luego de contemplar una que otra posibilidad: cine, tomar una cerveza, visitar un museo o goterearle el almuerzo a mi mamá, resulto siempre en el barrio la Candelaria de Bogotá. Es un llamado que obliga a mis piernas a recorrer las mismas calles antiguas tantas veces caminadas.

Esta vez resulté en la Antigua Pastelería Francesa, en la calle 9 con primera. Allí, en el patio central de una casona colonial, con una banda sonora de música francesa, en un ambiente “intimista” que llaman los intelectuales degusté un postre (la verdad, fueron 2) y un café, repasé el periódico del día y me sentí lejos de la ciudad; por las ventanas que dan al solar se ven los matorrales que recuerdan la casa de la abuela… y a los 35, en plena crisis, no deja de ser una visión nostálgica.

Pero como no me puedo quedar llorando la triste vida resulté en la calle del Embudo, justo después del Chorro de Quevedo. Allí me atrajo el olor del chunchullo y un letrero que decía “ya conoció la finca, no se quede ahí leyendo, siga conozca”. La entrada es angosta y la obstruye un asador atestado de todo lo que hace daño y que huele tan bien. No es fácil descubrir desde la calle que al fondo hay un gran “salón”. En este se respira la tierrita. Parece ser un patio adaptado para comer, beber y bailar. Está decorado (la palabra aquí es algo pomposa) con letreros escritos a mano sobre todas las paredes: “Las mujeres son tan distraídas que lo miran a uno y se lo dan a otro”, El cura de mi lugar tiene catorce pelotas, doce para divertirse y dos para las devotas” y otros parecidos, de fina poesía popular. Y como popular tiene servicio de rana, orinal (si es mujer reclame la llave), totuma de chicha (la especialidad de la casa), cerveza y picada.

La idea es sentirse como en el pueblo, y sí, algo similar se experimenta. Los clientes son tan disímiles como las piedras que hacen el piso: vendedores, propietarios de puestos en la cercana plaza de mercado, turistas perdidos, estudiantes varados, entusiastas de lo autóctono y uno que otro periodista desgarbado (ver mi perfil).

¿La música? De todo como en botica. Vi a un mechudo engominado, con las uñas pintadas de negro y cadenas de bolsillo a bolsillo bailando a Pastor López y una pareja de 100 años (50 cada uno) moviéndose al ritmo del “perreo”.

No podría recomendar La Finca, pero diría que hay que ir, sin olvidar que“aquí se cobra por adelantado, por eso no se ponga bravo ni alzado, ni tampoco es beneficencia para andar pidiendo fiao y rebajao”.

literadura05-03-2007 GTM 1 @ 19:37
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